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miércoles, octubre 19, 2005

SANS SOLEIL, O LAS REFLEXIONES DE CHRIS MARKER

Un centenar de grabaciones sin un tiempo determinado, con espacios múltiples de un viajero con cámara que graba el mundo. Unido, o más bien atrapado, ya que la unión del documental como tal no es de mucha importancia, en una misma obra por una voz en off femenina, que ni siquiera es la del autor, genera, a grandes rasgos, este documental que se esconde en la visión de un hombre y sus reflexiones acerca de Japón. Es un documental más literario que visual y una obra literaria más visual que escrita. Podemos, aparentemente, separar ambos procesos. La voz en off claramente se hizo posterior a la imagen. Pero ésta a su vez es muy ambigua como para dar información acerca de algo y llevar las riendas de la obra y, a su vez, la voz se pierde también, no comunica nada. El resultado es un ensayo, en donde los simbolismos no existen y lo referencial menos, el público es claramente el que debe relacionarse de manera personal con el trabajo, cada espectador genera sus propios vínculos con el filme. Y no es en su narrativa en donde hay que buscarlos, sino más bien en su estructura. El documental, a diferencia de la ficción ( en su fase previa al montaje), no se sustenta en un papel, sino que su soporte más claro es la mente del realizador. Y he ahí la estructura, es muy fiel, no con sus líneas a seguir, sino más bien con su conciencia. Esta conciencia indefinida, este hombre que escribe en base a una intensidad más que a una intención, este camarógrafo que graba la vida, más que a su obra como tal. Se vincula claramente a la corriente de la conciencia . En un momento se habla de una dama de honor de la princesa Sadako que había escrito una lista de las “cosas que le hacen latir el corazón”. El género corresponde al sôshi, en el cual al ser un relato íntimo el autor escribe sin orden cronológico, sino que con bocetos de imágenes, reflexiones, y todas las ideas, dejando que el pincel vaya “solo”. Esto, que en occidente conocemos como ensayo, es lo que hace Marker en su obra. Es una obra íntima, caprichosa, en donde no hay bases claras, hay que pensar que las imágenes son una estructura para el texto y tampoco a partir de ellas hay una línea clara, por lo que la base se diluye. Caprichos los vemos, habla de lo que le nace acerca de lo que antes ya grabo y que le pareció interesante. Así podemos ver una imagen al comienzo de tres niños que grabo 17 años de montar el material y que sabía que quería utilizar en el comienzo de alguna película suya. Y así lo plantea en tercera persona y singular. La voz de Florence Delay dice: “ La primera imagen que me habló fue la de los tres niños en un camino, en Islandia, el año 1965. Me decía que para él era la imagen de la felicidad(...) Me escribía <>” es la mente funcionando a un nivel de inestabilidad inmenso. Pasando por encima de cualquier formato o estructura clásica de crear cine, llevado por la naturalidad de las hormonas: rizomáticas, en completo desorden, sin una idea de principio y una de fin. Es así como el documental deambula en esa ambigüedad y no sabe cómo terminar ni cómo empezar, simplemente porque no quiere enclarecer su sentido. Ideas de la filosofía francesa de los 70´s, la que plantea esos mismos fundamentos y discutiera ampliamente lo que una obra de arte es. “...no es un instrumento de comunicación.(...) La obra de arte no contiene estrictamente la menor información (...) en calidad de resistencia, la obra de arte tiene algo que hacer con la información y la comunicación.” Gilles deleuze. Es esa la misión del documental, resistirse a dar claridad, a comunicar dialécticamente., por lo que se oculta en la subjetividad más pura, la de una conciencia. Es impresionante como fluye a niveles mentales, pero no a niveles de imagen. El ojo común de un espectador no logra fluir en el documental, pero si la cabeza de cada uno. Las imágenes dejan de ser útiles y temporales, no lo son al momento que son filmadas, tampoco al momento que son montadas, su utilidad se encuentra en la contemplación. En la re actualización en un tiempo y una mente posterior. Marker podría hacer una voz en off hoy en día (y es lo que pretende que suceda con el espectador) y la obra sería re inventada, y así lo que no cambia (la imagen) cambia, se transforma ante nuestros ojos.
Es eterna al punto de que se re inventa. Es una conciencia que desborda los símbolos, llega así a ser pre-simbólico. Nos da algo, pero ni él sabe de que habla y menos nosotros, avanza sin saber dónde va a llegar, pero ni siquiera la palabra avanzar es adecuada, ya que la obra no avanza, sino que cambia. No hay un tiempo que la domine, solo una pantalla. Nuevamente cambia lo que no cambia (es casi una idea que se pudo postular en los albores del cine, una pantalla quieta y única que cambia). Y esto sucede por un hecho que viene de la poesía japonesa. La cual no pone adjetivos, y así no califica. Marker se toma de esto y tampoco califica, pero muestra, da ideas, se acerca con su contemplación, pero nunca nos dice qué es lo que vemos. Es el concepto del free replay, la nueva oportunidad, el re nacer de una misma cosa. El saber encontrarnos vinculados tan intensamente con ellas que las hacemos eternas, ya que su cambio se encuentra en nuestra conciencia que a su vez se transforma con nuestras vidas. La nueva oportunidad, el nuevo comienzo al que se acerca al repetir la imagen del comienzo en el final. Y he ahí su cita a Vértigo, la mente en espiral, la reinvención de Madeleine, el volver a comenzar, tal como un video juego. Y al hablar de la sociedad japonesa nos habla de éstos, “¿Qué es lo que nos proponen los vídeo juegos, que dicen más de nuestras conciencia que las obras completas de Lacan? Ni dinero ni gloria: una nueva partida.” Afirma el mismo autor en uno de sus libros. Hay una intención de lograr que el espectador sustituya las imágenes que él entrega por unas propias. Es la intención de esa filosofía del recuerdo. El recuerdo no como búsqueda sino como encuentro con imágenes que se vuelven a escribir en un presente inexistente que nunca tomará como absoluto uno de esos recuerdos. Nos invita a cohabitar los tiempos. Sus tiempos, mis tiempos y los de quien los vea, pero son tiempos por personas, no un solo tiempo. Es una estructura que tienta a desarmarse, pero que no lo hace ya que habla de la mente y su funcionalidad, de la individualidad de cada cosa por su conexión con cada conciencia. Separa imagen de realidad y más aún palabra de realidad, ya que ésta no logra en lo más mínimo explicar algo de lo que sucede, incluso no existe esa realidad, existe sí la impermanencia de las cosas. Dice la voz en un momento “... trenes que vuelan de planeta en planeta, samurais que luchan en un pasado inmutable (acerca de la cultura japonesa y su cine): esto se llama la impermanencia de las cosas”, esto refiriéndose a que una cosa que no es mirada está muerta. O desde otro punto de vista, es más importante lo que no muestran las cosas, que lo que muestran, ya que por sí solas no son nada. Todo nace a través de una conciencia. De la inseguridad de la definición, ya que nada se define. La cultura japonesa no califica, no detiene las cosas, las llena de espíritus y no las viven en pasado, pero tampoco en un presente que alcance a plasmarse, Marker se llena de esas ideas y no deja de contradecirse, de dar puntos de vistas múltiples y de confundirse acerca de lo que habla y así va confundiendo el hilo. Entra en un fragmento y luego va hacia el otro sin querer ni haber terminado el anterior. Las palabras lo llevan a otra imagen, o las imágenes lo llevan a otras palabras. Pero va construyendo una narrativa que no continúa, que se fragmenta entre otros fragmentos que por sí solos ya funcionan, que son autónomos de por sí, pero los combina en una misma obra. Como lo hace la música contemporánea. Y tiene más que ver con la imagen vista que con la filmada, o sea con su contemplación. Es el cine llevado a diario de vida, a ensayo, a cuaderno de viajes. Es íntimo, pero eso lo hace más abierto a los demás. No recae en un significado, ni menos en un sentido. Separa la imagen del mundo, pero el mundo está hecho por imágenes. Es el contrapunto a la filosofía del consenso, lineal, la del dialogo socrático. Es la visual, la que queda grabada pero no del todo. Cada quien recupera fragmentos según quiera y más aún los contempla como el tiempo en que los contemple. Así el documental pasa, aparece y vuelve a desaparecer y la voz ni siquiera alcanza a analizar completamente nada porque algo nuevo llega y aunque no tenga vínculo con lo anterior es nuevo foco de una atención momentánea.